NUEVO AMANECER ESPÍRITA

Actualizada: 14 Noviembre 2025
Consideraciones sobre la Moral.
Qué saber de ella y cómo aplicarla.
Según nos informan los experimentados y buenos consejeros Espíritus que habitan el Más Allá, las condiciones en que llegamos al Reino de los Espíritus una vez que desencarnamos, van a depender especialmente del Progreso Moral que nuestra Alma haya logrado en sus implicaciones terrenales. Nuestro Progreso Intelectual nos ayudará a sacar más provecho de las enseñanzas que allá se nos aporten para seguir evolucionando como Seres vivientes y eternos, pero las circunstancias de agrado, bienestar y lucidez espiritual van a depender de lo que a lo Inteletual acompañe lo Moral, del que se requerirá un importante grado de elevación, sin el cual nuestra “estancia” pudiera ser de pesar, confusión y sufrimiento.
El contenido de la selección del "Libro de los Espíritus", de Allan Kardec, que se muestra a continuación, orienta con detalles sobre el particular. Igualmente, párrafos escogidos del libro "La Génesis", del mismo autor.
ÍNDICE: // 1. Las virtudes y los vicios. // 2. Sobre las pasiones. // 3. Sobre el egoísmo. // 4. Caracteres del hombre de bien. // 5. Conocimiento de sí mismo. //
// Definición tradicional. // Apuntes diversos tomados del libro La Génesis, de allan Kardec. // La Moral de Jesús Cristo // Instinto y Pasiones //
* PERFECCIÓN MORAL *
(Del "Libro de los Espíritus", Libro Tercero, Capítulo XII)
1. Las virtudes y los vicios.
893. ¿Cuál es la más meritoria de todas las virtudes?
«Todas las virtudes tienen su mérito, porque todas son señales de progreso en el camino del bien. Hay virtud siempre que hay resistencia voluntaria a las solicitaciones de las malas inclinaciones. No obstante, la sublimidad de la virtud consiste en el sacrificio voluntario del interés personal por el bien del prójimo. La virtud más meritoria es la que está fundada en la Caridad más desinteresada».
894. Hay personas que hacen el bien espontáneamente, sin que hayan de vencer ningún sentimiento contrario, ¿tienen estos tanto mérito como los que han de luchar contra su propia naturaleza y la vencen?
«Los que no tienen que luchar es porque en ellos se ha realizado ya el progreso. Han luchado en otro tiempo y han vencido. Es por eso que los buenos sentimientos no les cuestan ningún esfuerzo y les parezcan muy naturales sus acciones: el bien se ha convertido para ellos en hábito. Se les debe honrar, pues, como a viejos guerreros que han ganado sus grados.
«Como estáis lejos aún de la perfección, esos ejemplos os sorprenden por el contraste, y los admiráis tanto más cuanto más raros son. Pero sabed que en los mundos más adelantados que el vuestro, es regla general lo que en el vuestro es excepción. En ellos es espontáneo por todas partes el sentimiento del bien, porque solo están habitados por Espíritus buenos, y una sola mala intención sería allí una excepción monstruosa. Es por eso que en ellos los hombres son felices. Así sucederá en la Tierra cuando la humanidad se haya transformado, y cuando comprenda y practique la caridad en su verdadera acepción».
895. Aparte de los defectos y vicios, acerca de los cuales nadie podría equivocarse, ¿cuál es la señal más característica de la imperfección?
«El interés personal. Las cualidades morales son a menudo como el dorado en un objeto de cobre, que no resiste la piedra de toque. Un hombre puede poseer cualidades reales que le hacen un hombre de bien a los ojos de los otros.
Pero, aunque semejantes cualidades sean un progreso, no resisten siempre ciertas pruebas, y basta a veces tocar la fibra del interés personal para descubrir la realidad. El verdadero desinterés es algo tan raro en el mundo, que cuando se presenta se lo admira como un fenómeno.
«El apego a las cosas materiales es una señal notoria de inferioridad, porque cuanto más se apega el hombre a los bienes del mundo, menos comprende su destino. Con el desinterés prueba, por el contrario, que contempla el porvenir desde un punto de vista más elevado».
896. Hay personas desinteresadas sin discernimiento, que prodigan su hacienda sin provecho real y sin emplearla racionalmente. ¿Tienen algún mérito?
«Tienen el mérito del desinterés, pero no del bien que podrían hacer. Si el desinterés es una virtud, la prodigalidad irreflexiva es siempre una falta de juicio por lo menos. No se da la fortuna a unos para que la despilfarren, como no se da a otros para que la entierren en sus arcas. Es un depósito del que habrán de dar cuenta, porque habrán de responder de todo el bien que estaba en sus manos hacer y que no hicieron, así como de todas las lágrimas que hubieran podido enjugar con el dinero que han dado a los que no lo necesitaban».
897. El que hace el bien, no con miras a una recompensa terrena, sino con la esperanza de que se le tomará en cuenta en la otra vida, y de que su posición será mejor en consecuencia, ¿es reprensible? y ¿perjudica a su adelanto semejante pensamiento?
«Hay que hacer el bien por caridad, es decir, con desinterés».
— Sin embargo, todos tenemos el natural deseo de adelantar para salir del penoso estado de esta vida. Los mismos Espíritus nos enseñan a practicar el bien con este objetivo. ¿Es, malo, entonces, pensar que haciendo el bien podemos esperar mejor vida que en la Tierra?
«Ciertamente que no, pero, el que hace el bien sin segunda intención y por el solo placer de ser agradable a Dios y a su prójimo que sufre, se encuentra ya en un grado de adelanto que le permitirá llegar a la dicha mucho antes que a su hermano que, más positivo, hace el bien por razonamiento y no por el natural impulso de su corazón». (Véase 894)
— ¿No hay que establecer aquí una distinción entre el bien que puede hacerse al prójimo y el cuidado que uno pone en corregirse de sus defectos? Concebimos que hacer el bien con la idea de que se nos tomará en cuenta en la otra vida es poco meritorio. No obstante, enmendarse, vencer sus pasiones, corregir su carácter para aproximarse a los Espíritus buenos y elevarse, ¿es igualmente señal de inferioridad?
«No, no. Por hacer el bien entendemos el ser caritativo. El que calcula lo que cada buena acción puede reportarle tanto en la vida futura como en la terrestre, procede como un egoísta, pero no existe egoísmo en mejorarse con miras a acercarse a Dios, pues este es el objeto a que debe propender cada uno».
898. Puesto que la vida corporal no es más que una permanencia temporal en la Tierra, y que nuestra principal preocupación ha de ser el porvenir, ¿es útil esforzarse en adquirir conocimientos científicos que sólo se relacionan con las cosas y necesidades materiales?
«Sin duda. Ante todo porque os pone en disposición de aliviar a vuestros hermanos, y después porque vuestro Espíritu se elevará más deprisa si ha progresado ya intelectualmente. En el intervalo de las encarnaciones, aprendéis en una hora lo que os costaría años en la Tierra. Ningún conocimiento es inútil. Todos contribuyen más o menos al progreso, porque el Espíritu perfecto debe saberlo todo, y porque, como debe realizarse el progreso en todos sentidos, todas las ideas adquiridas favorecen el desarrollo del Espíritu».
899. De dos hombres ricos, uno que nació en la opulencia y nunca conoció la necesidad, y el otro que debe su fortuna al trabajo, ambos la emplean exclusivamente en su satisfacción personal, ¿cuál es más culpable?
«El que conoció el sufrimiento. Sabe lo que es sufrir, conoce el dolor que no alivia, aunque con mucha frecuencia no se acuerda de ello».
900. El que acumula sin cesar y sin hacer bien a nadie, ¿tiene excusa valedera en la idea de que atesora para legar más a sus herederos?
«Eso es un compromiso con la mala conciencia».
901. De dos avaros, uno se priva de lo necesario y muere de hambre junto a su tesoro. Y el segundo sólo es avaro para los demás y pródigo consigo mismo; mientras retrocede ante el más pequeño sacrificio para hacer un servicio o algo útil, nada le cuesta satisfacer sus gustos y pasiones; si se le pide un favor, siempre está en mala situación, pero siempre tiene lo suficiente para complacerse en sus caprichos. ¿Cuál de los dos es más culpable? y ¿cuál tendrá peor lugar en el mundo de los Espíritus?
«El que goza. Es más egoísta que avaro. El otro ha encontrado ya parte de su castigo».
902. ¿Es reprensible envidiar la riqueza cuando es por deseo de hacer el bien?
«El sentimiento cuando es puro, es laudable, no cabe duda. Pero semejante deseo ¿es siempre completamente desinteresado y no encubre alguna pretensión personal? La primera persona a quien se desea hacer el bien ¿no es con frecuencia uno mismo?».
903. ¿Hay culpabilidad en estudiar los defectos de los otros?
«Si es para criticarlos y divulgarlos, hay mucha culpabilidad, porque es faltar a la caridad. Si es para sacar provecho del estudio y evitarlos en sí mismo, puede ser útil a veces, pero es preciso no olvidar que la indulgencia para con los defectos ajenos es una de las virtudes comprendidas en la caridad. Antes de reprochar a los otros sus imperfecciones, ved si puede decirse otro tanto de vosotros. Procurad, pues, tener las cualidades opuestas a los defectos que criticáis en otro, que este es el medio de haceros superiores. Si le censuráis la avaricia, sed generosos; el orgullo, sed humildes y modestos; la dureza, sed amables; la pequeñez en las acciones, sed grande en todas las vuestras. En una palabra, haced de modo que no se os pueda aplicar esta frase de Jesús: Ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo».
904. ¿Hay culpabilidad en sondear los defectos de la sociedad y en descubrirlos?
«Depende del sentimiento que conduce a hacerlo. Si el escritor no tiene otra mira que producir escándalo, se procura un goce personal presentando escenas que antes sirven de mal ejemplo que de bueno. El Espíritu aprecia, pero puede ser castigado por esa clase de placer que experimenta revelando el mal».
— En este caso, ¿cómo juzgar la pureza de las intenciones y la sinceridad del escritor?
«Eso no es siempre útil. Si escribe cosas buenas aprovechaos de ellas. Si obra mal, esa es cuestión de conciencia que sólo le atañe a él. Por lo demás, si desea probar su sinceridad, le corresponde apoyar el precepto con su propio ejemplo».
905. Ciertos autores han publicado obras muy bellas y morales que favorecen el progreso de la humanidad, pero de las cuales se han aprovechado muy poco sus autores. ¿Se les toma en cuenta, como Espíritus, el bien que han hecho sus obras?
«La moral sin las acciones, es la semilla sin trabajo. ¿De qué os sirve la semilla, si no la hacéis fructificar para alimentaros? Esos hombres son más culpables, porque tenían inteligencia para comprender. Al no practicar las máximas que daban a los otros, han renunciado a recoger el fruto».
906. El que hace el bien ¿es censurable por tener conciencia de ello y confesárselo a sí mismo?
«Puesto que puede tener conciencia del mal que hace, debe tener asimismo la del bien, a fin de saber si obra bien o mal. Pesando todas sus acciones en la balanza de la ley de Dios, y sobre todo en la de la ley de justicia, de amor y de caridad, es como podrá decirse si son buenas o malas, aprobarlas o desaprobarlas. Por tanto, no puede ser reprensible por reconocer que ha triunfado sobre las malas tendencias, y por estar satisfecho por ello, siempre que no se envanezca, pues entonces caería en otro escollo». (Véase 919)
2. Sobre las pasiones.-
907. Puesto que el principio de las pasiones está en la naturaleza, ¿es malo en sí mismo?
«No, la pasión consiste en el exceso unido a la voluntad, porque su principio ha sido dado al hombre para el bien, y las pasiones pueden conducirle a grandes cosas. El abuso que se hace de ellas es lo que causa el mal».
908. ¿Cómo puede fijarse el límite donde las pasiones cesan de ser buenas o malas?
«Las pasiones son como un caballo, que es útil cuando es domado, pero peligroso cuando el que domina es él. Reconoced, pues, que una pasión se hace perniciosa desde el momento en que cesáis de poderla gobernar y origina un perjuicio cualquiera, ya sea para vosotros o para otros».
Las pasiones son palancas que duplican las fuerzas del hombre, y le ayudan a cumplir las miras de la Providencia. Pero si en vez de dirigirlas, el hombre se deja dirigir por ellas, cae en el exceso, y la fuerza que en su mano podía hacer el bien, se vuelve contra él y le aplasta.
Todas las pasiones tienen su principio en un sentimiento o necesidad natural. El principio de las pasiones no es, pues, un mal, puesto que se apoya en una de las condiciones providenciales de nuestra existencia. La pasión, propiamente dicha, es la exageración de una necesidad o de un sentimiento. Reside en el exceso, no en la causa, y semejante exceso se convierte en mal cuando da como consecuencia un mal cualquiera.
Toda pasión que aproxima al hombre a la naturaleza animal le aleja de la espiritual.
Todo sentimiento que eleva al hombre por encima de la naturaleza animal revela el predominio del Espíritu sobre la materia y la proximidad de la perfección.
909. El hombre ¿podría con sus esfuerzos vencer siempre sus malas inclinaciones?
«Sí, y a veces con pequeños esfuerzos. Lo que falta es voluntad. ¡Ah, cuán pocos sois los que hacéis esfuerzos!».
910. ¿Puede hallar el hombre en los Espíritus una asistencia eficaz para vencer las pasiones?
«Si lo pide sinceramente a Dios y a su genio bueno, los Espíritus buenos vendrán sin duda a ayudarle, porque esta es su misión». (Véase 459)
911. ¿No hay pasiones tan vivas o irresistibles que la voluntad es impotente para vencerlas?
«Hay muchas personas que dicen “lo quiero”, pero la voluntad no les pasa de los labios. Quieren y están muy contentas de que no suceda. Cuando se cree no poder vencer sus pasiones es porque el Espíritu, a causa de su inferioridad, se complace en ellas. El que procura reprimirlas comprende su naturaleza espiritual, y vencerlas es para él un triunfo del Espíritu sobre la materia».
912. ¿Cuál es el medio más eficaz para combatir el predominio de la naturaleza corporal?
«Hacer abnegación de sí mismo».
3. Sobre el egoísmo.
913. Entre los vicios, ¿cuál puede considerarse como la raíz de los otros?
«Muchas veces lo hemos dicho, el egoísmo. De él arrancan todos los males. Estudiad todos los vicios y encontraréis que en el fondo de todos ellos reside el egoísmo. En vano los combatiréis y no conseguiréis extirparlos, hasta que no hayáis atacado el mal en su raíz, hasta que no hayáis destruido la causa. Dirigid, pues, todos vuestros esfuerzos hacia este objetivo, porque es el verdadero cáncer de la sociedad.
Cualquiera que desee aproximarse desde esta vida a la perfección moral, debe arrancar de su corazón todo sentimiento de egoísmo, porque este es incompatible con la justicia, con el amor y con la caridad: neutraliza todas las otras cualidades».
914. Puesto que el egoísmo se funda en el sentimiento de interés personal, parece muy difícil extirparlo completamente en el corazón humano, ¿llegará a conseguirse?
«A medida que los hombres se ilustran sobre las cosas espirituales, dan menos importancia a las materiales. Además, es preciso reformar las instituciones humanas que excitan y mantienen el egoísmo. Esto depende de la educación».
915. El egoísmo, al ser inherente a la especie humana, ¿no será siempre un obstáculo para el reino del bien absoluto en la Tierra?
«Es cierto que el egoísmo es vuestro mayor mal, pero depende de la inferioridad de los Espíritus encarnados en la Tierra, y no de la misma humanidad. Luego, los Espíritus al purificarse en encarnaciones sucesivas, se desprenden del egoísmo como de sus otras impurezas. ¿No tenéis en la Tierra ningún hombre que, libre de egoísmo, practique la caridad? Hay más de los que vosotros creéis, pero no los conocéis, porque la virtud no busca el ruido de la publicidad. Y si hay uno, ¿por qué no ha de haber diez? Si diez, ¿por qué no mil? y así sucesivamente».
916. Lejos de disminuir el egoísmo, crece con la civilización que parece excitarlo y mantenerlo. ¿Cómo, pues, la causa destruirá el efecto?
«Cuanto más grande es el mal, más horrible se presenta. Era preciso que el egoísmo originase mucho mal, para que se conociese la necesidad de extirparlo. Cuando los hombres hayan sacudido el egoísmo que los domina, vivirán como hermanos sin hacerse mal, ayudándose mutuamente por el mutuo sentimiento de la solidaridad. Entonces el fuerte será apoyo del débil y no su opresor, y no se verán hombres faltos de lo necesario, porque todos practicarán la ley de justicia. Este es el reino del bien, de cuya preparación están encargados los Espíritus». (Véase 784)
917. ¿Qué medio hay para destruir el egoísmo?
«De todas las imperfecciones humanas, la más difícil de desarraigar es el egoísmo, porque deriva de la influencia de la materia, de la cual el hombre que está muy próximo aún de su origen no ha podido emanciparse. Y todo contribuye a sostener esa influencia: las leyes, la organización social y la educación. El egoísmo menguará con el predominio de la vida moral sobre la material, y sobre todo con la inteligencia que os da el espiritismo de vuestro estado futuro real, y no desnaturalizado por ficciones alegóricas. El espiritismo bien comprendido, y una vez identificado con las costumbres y creencias, transformará los hábitos, los usos y las relaciones sociales. El egoísmo se funda en la importancia de la personalidad. Ahora bien, el espiritismo bien comprendido, lo repito, hace ver las cosas desde tan alto que el sentimiento de la personalidad desaparece hasta cierto punto ante la inmensidad. Destruyendo semejante importancia de la personalidad, o por lo menos haciendo que se la considere tal cual es, el espiritismo combate necesariamente el egoísmo.
»Lo que a menudo hace egoísta al hombre es el roce del egoísmo de los otros, porque siente la necesidad de estar a la defensiva. Viendo que los otros piensan en sí mismos y no en él, se ve arrastrado a pensar en él y no en los otros.
»Cuando el principio de caridad y de fraternidad sea la base de las instituciones sociales, de las relaciones legales de pueblo a pueblo y de hombre a hombre, este cuidará menos de su persona, al ver que otros piensan en él. Sentirá la influencia moralizadora del ejemplo y del contacto. En presencia de ese desbordamiento de egoísmo, se necesita una verdadera virtud para hacer abnegación de su personalidad en provecho de los otros, que a menudo nada lo agradecen.
»A los que poseen semejante virtud es a quienes está abierto el reino de los cielos. A ellos sobre todo está reservada la dicha de los elegidos, porque en verdad os digo que en el día de la justicia, todo el que solo en sí mismo haya pensado será separado y sufrirá por su abandono». (Véase 785)
Indudablemente se hacen laudables esfuerzos para hacer que la humanidad progrese. Más que en época alguna se alientan, se estimulan, se honran los buenos sentimientos, y sin embargo el gusano roedor del egoísmo es siempre el cáncer social. Es un mal real que brota por todo el mundo y del que todos somos más o menos víctimas. Es preciso, pues, combatirlo como se combate una enfermedad epidémica, y para ello es necesario proceder como los médicos, remontarnos al origen.
Busquemos en todas las partes de la organización social, desde la familia a los pueblos, desde la cabaña al palacio, todas las causas, todas las influencias patentes u ocultas, que excitan, mantienen y desarrollan el egoísmo, y una vez conocidas las causas, el remedio se presentará por sí mismo. No se tratará más que de combatirlas, si no a todas a la vez, al menos por partes, y poco a poco se extirpará el veneno. La curación podrá ser larga, porque las causas son numerosas, pero no es imposible. Por lo demás, no se conseguirá si no se corta la raíz del mal por medio de la educación, no de esa que propende a hacer hombres instruidos, sino de la que tiende a hacer hombres honrados. La educación, cuando se la entiende bien, es la clave del progreso moral. Cuando se conozca el arte de manejar los caracteres, como se conoce el de manejar las inteligencias, se podrán enderezar como se enderezan los arbustos.
Pero este arte requiere mucho tacto, mucha experiencia y una observación profunda. Es erróneo creer que basta tener ciencia para ejercerlo con provecho. Cualquiera que desde el nacimiento, siga así al hijo del rico como al del pobre, y observe todas las influencias perniciosas que operan en él a causa de la debilidad, de la incuria y de la ignorancia de los que lo dirigen, y cuán a menudo son improductivos los medios que para moralizarlo se empleen, no puede admirarse de hallar tantos defectos en el mundo. Hágase por la moral tanto como por la inteligencia, y se verá que, si hay naturalezas refractarias, hay más de los que se creen que no esperan más que un buen cultivo para dar frutos buenos. (Véase 872)
El hombre quiere ser feliz, y este sentimiento es natural. Por esta razón trabaja sin cesar por mejorar su posición en la Tierra. Busca las causas de sus males para remediarlas. Cuando comprenda que el egoísmo es una de esas causas, la que engendra el orgullo, la ambición, la codicia, la envidia, el odio y los celos, que le perjudican a cada instante, que perturba todas las relaciones sociales, provoca las disensiones y destruye la confianza, obliga a estar siempre a la defensiva contra su vecino, que hace, en fin, del amigo un enemigo, entonces comprenderá también que ese vicio es incompatible con su propia felicidad, y hasta añadimos con su propia seguridad. Cuanto más sufra a consecuencia de él, más sentirá la necesidad de combatirlo, como combate la peste, los animales nocivos y demás calamidades. Será solicitado a ello por su propio interés. (Véase 784)
El egoísmo es el origen de todos los vicios, como la caridad es el de todas las virtudes. Destruir el uno y fomentar la otra, tal debe ser el objeto de todos los esfuerzos del hombre, si quiere asegurar su dicha así en la Tierra como en el porvenir.
4. Caracteres del hombre de bien.
918. ¿Qué señales dan a conocer en un hombre el progreso real que ha de elevar a su Espíritu en la jerarquía espírita?
«El Espíritu prueba su elevación cuando todos los actos de su vida corporal son la práctica de la ley de Dios, y cuando anticipadamente comprende la vida espiritual».
El verdadero hombre de bien es el que practica la ley de justicia, de amor y de caridad en su mayor pureza. Si interroga a su conciencia sobre los hechos realizados, se preguntará si no ha violado aquella ley, si no ha hecho mal, si ha hecho todo el bien que pudo, si nadie ha tenido que quejarse de él, en fin, si ha hecho en otro todo lo que hubiese querido que por él se hiciera.
El hombre impregnado del sentimiento de caridad y de amor al prójimo hace el bien por el bien, sin esperar recompensa, y sacrifica su interés a la justicia. Es bueno, humano y benévolo para con todo el mundo, porque en todos los hombres ve hermanos, sin excepción de razas y creencias.
Si Dios le ha dado poder y riqueza, ve en esas cosas “un depósito” que debe emplear para el bien, y no se envanece de ello, porque sabe que Dios, que se lo ha dado, puede quitárselo si lo considera bueno para su proceso personal.
Si el orden social ha puesto hombres bajo su dependencia, los trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios. Emplea su poder para moralizar a aquellos y no para abrumarlos con su orgullo.
Es indulgente con las debilidades ajenas, porque sabe que él mismo necesita indulgencia, y recuerda estas palabras de Cristo: El que no tenga pecado, arroje la primera piedra.
No es vengativo: a ejemplo de Jesús, perdona las ofensas para no recordar más que los favores, porque sabe que se le perdonará así como él haya perdonado.
Respeta, en fin, en sus semejantes todos los derechos que dan las leyes de la naturaleza, como le gustaría que le fueran respetados a él.
5. Conocimiento de sí mismo.
919. ¿Cuál es el medio práctico más eficaz para mejorar en esta vida y resistir a la incitación del mal?
«Un sabio de la Antigüedad os lo dijo: Conócete a ti mismo».
— Comprendemos toda la sabiduría de esta máxima, pero la dificultad consiste en conocerse a sí mismo. ¿Qué medio hay para conseguirlo?
«Haced lo que yo hacía durante mi vida terrena: al terminar el día interrogaba a mi conciencia, pasaba revista a lo que había hecho y me preguntaba si no había infringido algún deber, si nadie había tenido que quejarse de mí. Así fue como llegué a conocerme y a ver lo que en mí debía reformarse. Aquel que, cada noche, recuerde todas sus acciones del día y se pregunte el mal o el bien que ha hecho, suplicando a Dios y a su ángel guardián que le iluminen, adquirirá una gran fuerza para perfeccionarse, porque, creedlo, Dios lo asistirá.
»Así pues, proponeos cuestiones y preguntaos lo que habéis hecho, y el objeto con que habéis obrado en tal circunstancia; si habéis hecho algo que en otro hubieseis censurado; si habéis ejecutado alguna acción que no os atreveríais a confesar. Preguntaos también lo siguiente: Si Dios quisiera llamarme en este momento, al entrar en el mundo de los Espíritus donde nada hay oculto, ¿tendría que temer la presencia de alguien? Examinad lo que hayáis podido hacer contra Dios, contra vuestro prójimo y contra vosotros mismos. Las contestaciones serán reposo para vuestra conciencia, o indicación de un mal que es preciso curar.
»El conocimiento de sí mismo es, pues, la clave del mejoramiento individual. Pero diréis ¿cómo juzgarse uno a sí mismo? ¿No tenemos la ilusión del amor propio que amengua las faltas y las excusas? El avaro sólo se cree económico y previsor, el orgulloso no cree tener más que dignidad. Esto es muy cierto, pero tenéis un medio de comprobación que no puede engañaros. Cuando estéis indecisos acerca del valor de una de vuestras acciones, preguntaos cómo la calificaríais, si fuese de otra persona. Si la censuráis en otro, no podrá ser más legítima en vosotros, pues no tiene Dios dos medidas para la justicia.
»Procurad también saber lo que piensan los otros, y no olvidéis la opinión de vuestros enemigos, porque estos no tienen interés en falsear la verdad, y a menudo Dios los pone a vuestro lado como un espejo para advertiros con mayor franqueza que un amigo. Aquel, pues, que tenga la voluntad decidida de mejorarse, explore su conciencia a fin de arrancar de ella las malas inclinaciones, como de un jardín las plantas nocivas. Haga balance moral del día transcurrido, como lo hace el comerciante de sus ganancias y pérdidas. Si puede decirse que ha sido buena su jornada, puede dormir tranquilo y esperar sin temor el despertar a otra vida.
»Haceos, pues, preguntas claras y precisas y no temáis el multiplicarlas, que bien pueden emplearse algunos minutos para lograr una dicha eterna. ¿Acaso no trabajáis diariamente con miras a recoger medios que os permitan descansar en la ancianidad? ¿No es semejante descanso objeto de todos vuestros deseos, objeto que os hace sufrir trabajos y privaciones momentáneas? Pues bien, ¿qué es ese descanso de algunos días, interrumpidos por las flaquezas del cuerpo, comparado con el que espera al hombre de bien? ¿No vale esto la pena de hacer algunos esfuerzos?
»Ya sé que muchos dicen que el presente es positivo, e incierto el porvenir. Mas precisamente esa es la idea que estamos encargados de desvanecer en vosotros, porque queremos haceros comprender aquel porvenir de tal modo, que no deje duda alguna en vuestra alma. Por esto, al principio, llamamos vuestra atención con fenómenos aptos para excitar vuestros sentidos, y luego os dimos instrucciones que cada uno de vosotros está encargado de propagar. Con este objeto hemos dictado el Libro de los Espíritus».
Muchas faltas que cometernos nos pasan desapercibidas. En efecto, si siguiendo el consejo de los párrafos anteriores, interrogásemos con más frecuencia a nuestra conciencia, veríamos cuántas veces hemos faltado sin pensarlo, por no examinar la naturaleza y móvil de nuestras acciones. La forma interrogativa es algo más precisa que una máxima que a menudo no nos aplicamos. Exige respuestas categóricas, afirmativas o negativas, que no dejan otra alternativa. Son otros tantos argumentos personales, y por la suma de las respuestas puede computarse la suma del bien y del mal que en nosotros existe.
** Definición tradicional.- La Moral es el conjunto de normas, valores y costumbres que guían el comportamiento de una persona o sociedad, ayudando a distinguir entre lo bueno y lo malo. Se basa en creencias y principios aceptados que se aprenden a través de la familia, la educación o la tradición, y sirve como un modelo de conducta.
** Del Libro La Génesis.-
Por qué es importante la Moral que alcanza un Alma: Su envoltura periespiritual se espiritualiza y sutiliza a medida que el alma se eleva en moralidad.
Los Espíritus enseñan la moral del Cristo porque no existe otra mejor: “No hagas a los demás lo que no quieras que ellos te hagan”.
Lo que la enseñanza de los Espíritus agrega a la moral del Cristo es el conocimiento de los principios que rigen las relaciones entre los desencarnados y los vivos (los encarnados), principios que completan las nociones vagas que Él había dado acerca del Alma, de su pasado y de su porvenir.
Con la ayuda de las nuevas luces que los Espíritus han aportado, el hombre comprende la solidaridad que vuelve a unir a todos los seres; la Caridad y la Fraternidad se convierten en una necesidad social. Así, el hombre hace por convicción lo que antes hacía sólo por deber, y lo hace mejor.
Dios es la inteligencia suprema y soberana; es único, eterno, inmutable, inmaterial, todopoderoso, soberanamente justo y bueno, infinito en todas sus perfecciones. Esa es la base sobre la que reposa el edificio universal, el faro cuyos rayos se extienden sobre todo el Universo, la única luz que puede guiar al hombre en la búsqueda de la verdad.
Ese es también el criterio infalible de todas las doctrinas filosóficas y religiosas. Para juzgarlas, el hombre dispone de una medida rigurosamente exacta en los atributos de Dios, y puede afirmar con certeza que toda teoría, todo principio, todo dogma, toda creencia, toda práctica que esté en contradicción con uno solo de esos atributos, que tienda no sólo a anularlo sino simplemente a disminuirlo, no puede estar con la verdad.
El hombre, cuyas facultades son limitadas, no puede penetrar ni abarcar el conjunto de los designios del Creador; juzga las cosas desde el punto de vista de su personalidad, de los intereses falsos y convencionales que creó para sí mismo, y que no pertenecen al orden de la naturaleza. Es por eso que a menudo le parece perjudicial e injusto aquello que consideraría justo y admirable si conociera su causa, su objetivo, el resultado definitivo. Al investigar la razón de ser y la utilidad de cada cosa, reconocerá que todo tiene el sello de la sabiduría infinita, y se inclinará ante esa sabiduría, aun con relación a cosas que no comprende.
La necesidad obliga al hombre a mejorar moralmente para ser más feliz, del mismo modo que lo indujo a mejorar las condiciones materiales de su existencia.
En los seres inferiores de la Creación, en aquellos a los que les falta el sentido moral, en los cuales la inteligencia todavía no ha sustituido al instinto, la lucha no puede tener por objetivo más que la satisfacción de una necesidad material. Ahora bien, una de las necesidades materiales más imperiosa es la de la alimentación. Ellos, pues, luchan únicamente para vivir, es decir, para obtener o defender una presa, ya que no podría impulsarlos un motivo más elevado. En ese primer período, el alma se elabora y se prepara para la vida. Cuando el alma alcanza el grado de madurez necesario para su transformación, recibe de Dios nuevas facultades: el libre albedrío y el sentido moral -la chispa divina, en una palabra-, que imprimen un nuevo curso a sus ideas, y la dotan de nuevas aptitudes y nuevas percepciones.
Con todo, las nuevas facultades morales de que el alma está dotada, solo se desarrollan gradualmente, porque nada es brusco en la naturaleza. Hay un período de transición en el que el hombre apenas se diferencia de los irracionales. En las primeras edades domina el instinto animal, y el motivo de la lucha sigue siendo la satisfacción de las necesidades materiales. Más tarde, el instinto animal y el sentimiento moral se equilibran. Entonces, el hombre lucha, ya no para alimentarse, sino para satisfacer su ambición, su orgullo y la necesidad de dominar. Para eso, todavía necesita destruir. Sin embargo, a medida que el sentido moral obtiene preponderancia, se desarrolla la sensibilidad, y la necesidad de destrucción disminuye hasta que acaba por desaparecer, porque se vuelve detestable: el hombre tiene horror a la sangre.
Con todo, la lucha siempre es necesaria para el desarrollo del Espíritu, pues incluso una vez que ha llegado a ese punto que nos parece culminante, todavía está lejos de ser perfecto. Sólo a costa de su actividad conquista conocimientos, experiencia, y se despoja de los últimos vestigios de la animalidad. No obstante, en esas circunstancias, la lucha, que antes era sangrienta y brutal, se vuelve puramente intelectual. El hombre lucha contra las dificultades, ya no contra sus semejantes.
La Tierra está aún en pleno trabajo de gestación del progreso moral. Necesita crecer lo suficiente en perfección, tanto por la inteligencia como por la práctica de las leyes divinas.
A medida que progresa moralmente, el Espíritu se desmaterializa, es decir, se depura al liberarse de la influencia de la materia; su vida se espiritualiza, sus facultades y sus percepciones se amplían; su felicidad es proporcional al progreso realizado.
Los mundos progresan físicamente mediante la elaboración de la materia, y moralmente por la purificación de los Espíritus que habitan en ellos. La felicidad allí está en relación directa con la preponderancia del bien sobre el mal, y esa preponderancia es el resultado del adelanto moral de los Espíritus. No basta con el progreso intelectual, visto que con la inteligencia ellos pueden hacer el mal.
Las palabras de Jesús no pasarán, porque serán verdaderas en todas las épocas. Su código moral será eterno, porque contiene los caracteres del bien que conduce al hombre a su destino eterno.
Las palabras de Cristo en lo que respecta a la regla de conducta, a las relaciones entre los individuos y a los principios morales que él estableció como condición expresa para la salvación, son enseñanzas claras, explícitas y sin ambigüedad. [Veamos algunas expresiones de Jesús, recogidas en el libro que se cita a continuación:]
[[ Del libro “El Evangelio según el espiritismo”, en su Capítulo XV, entresacamos estos párrafos que siguen:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo”.
Toda la moral de Jesús se resume en la Caridad y en la Humildad, es decir, en las dos virtudes contrarias al Egoísmo y al Orgullo.
Bienaventurados los limpios de corazón; bienaventurados los que son mansos y pacíficos; bienaventurados los que son misericordiosos; haced a los demás lo que quisierais que se os hiciese; amad a vuestros enemigos; perdonad las ofensas, si queréis ser perdonados; haced el bien sin ostentación; juzgaos a vosotros mismos antes de juzgar a los demás.
Jesús no se limita a recomendar la Caridad: la coloca claramente y en términos explícitos como la condición absoluta para la felicidad futura.
La Caridad es paciente; es dulce y bienhechora; la caridad no es envidiosa; no es imprudente ni irreflexiva; no se llena de orgullo; no es despreciativa; no busca su propio interés; no se enfada y no se irrita por nada; no piensa mal; no goza con la injusticia, sino que goza con la verdad; todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo sufre. ]] [ir a ÍNDICE]
La práctica generalizada del Evangelio determinará una mejora en el estado moral de los hombres.
Nuestro planeta, como todo lo que existe, está sujeto a la ley del progreso. Progresa físicamente por la transformación de los elementos que lo componen, y moralmente por la purificación de los Espíritus encarnados y desencarnados que lo pueblan. Esos dos progresos se realizan en forma paralela, puesto que el perfeccionamiento de la vivienda está relacionado con el de quien habita en ella. Moralmente, la humanidad progresa por el desarrollo de la inteligencia, del sentido moral y de la moderación de las costumbres.
Hasta el presente, la humanidad ha realizado incuestionables progresos. Mas aún le queda por realizar un inmenso progreso: hacer que reinen entre ellos la caridad, la fraternidad y la solidaridad, que habrán de garantizarles el bienestar moral.
Los hombres no sólo necesitan el desarrollo de la inteligencia, sino la elevación de los sentimientos, y para lograrlo es imprescindible que aniquilen todo lo que en ellos sobreexcite el egoísmo y el orgullo.
Después de que, en cierto modo, se haya agotado el bienestar material que la inteligencia es capaz de producir, se llegará a comprender que el complemento de ese bienestar sólo puede hallarse en el desarrollo moral. Cuanto más se avanza, más se percibe lo que falta, sin que, no obstante, se pueda aún definirlo claramente: se trata de la consecuencia del trabajo interno con que se opera la regeneración. Surgen deseos, aspiraciones, que son como el presentimiento de un estado mejor.
La humanidad es un ser colectivo en el que se llevan a cabo revoluciones morales similares a las de todo ser individual, con la diferencia de que en este se cumplen de año en año, y en aquel de siglo en siglo.
Sólo el progreso moral puede garantizar a los hombres la felicidad en la Tierra, porque pone un freno a las pasiones malas; solamente él puede hacer que reinen entre ellos la concordia, la paz y la fraternidad.
Ese progreso derribará las barreras que separan a los pueblos, hará que caigan los prejuicios de castas, y acallará los antagonismos entre las sectas, enseñando a los hombres a considerarse hermanos que han sido llamados a auxiliarse mutuamente, en lugar de vivir los unos a costa de los otros.
También el progreso moral, secundado en esto por el progreso de la inteligencia, unirá a los hombres en una misma creencia, fundada en las verdades eternas, que no admiten controversias y que, por eso mismo, son aceptadas por todos. [ir a ÍNDICE]
** A continuación, expresiones del libro "La Génesis" sobre el Instinto y las Pasiones, interesantes a considerar en este asunto de la Moral:
Dado que el instinto es el guía, y que las pasiones son los resortes del alma en el período inicial de su desarrollo, en ocasiones se confunden en cuanto a sus efectos. No obstante, entre ambos existen diferencias que es importante considerar.
El instinto es un guía seguro, siempre bueno. Después de cierto tiempo puede volverse inútil, pero nunca perjudicial. Se debilita con el predominio de la inteligencia.
Las pasiones, en las primeras edades del alma, tienen en común con el instinto el hecho de que los seres son incitados por una fuerza igualmente inconsciente. Las pasiones nacen más particularmente de las necesidades del cuerpo, y dependen del organismo más que el instinto. Lo que, por sobre todo, las distingue del instinto, es que son individuales y no producen, como este último, efectos generales y uniformes. Vemos que varían, por el contrario, de intensidad y de naturaleza según los individuos. Son útiles, como estimulantes, hasta la eclosión del sentido moral, que de un ser pasivo hace que nazca un ser de razón. En ese momento, se vuelven no sólo inútiles sino perjudiciales para el adelanto del Espíritu, cuya desmaterialización retardan. Las pasiones se moderan con el desarrollo de la razón.
El hombre que sólo obrase constantemente por instinto podría ser muy bueno, pero mantendría adormecida su inteligencia.
El instinto se aniquila por sí mismo; las pasiones sólo se doman mediante el esfuerzo de la voluntad.
Todos los hombres han pasado por la serie de las pasiones. Los que las han superado, y ya no son por naturaleza orgullosos, ni ambiciosos, ni egoístas, ni envidiosos, ni vengativos, ni crueles, ni irascibles, ni sensuales, y hacen el bien sin esfuerzo, sin premeditación y, por decirlo así, involuntariamente, han progresado en la sucesión de sus existencias anteriores; se han purgado de sus malos humores. (En definitiva, podemos decir que ha elevado su Moral).